Microlito

Hojita de borde abatido

Los microlitos son artefactos líticos tallados intencionalmente por el ser humano, sobre todo durante la prehistoria, de tamaño extremadamente pequeño, pero lo suficientemente elaborados como para no ser considerados desechos ni accidentes de talla. Los microlitos tienen como soporte una hoja o una hojita (de sílex casi siempre) y su forma se remata por medio de retoques abruptos o truncaduras. Teniendo en cuenta estos rasgos comunes, suelen distinguirse dos grandes familias de microlitos: los laminares (más propios del final del Paleolítico Superior y del principio del Epipaleolítico) y los geométricos (característicos del Mesolítico, del Neolítico e, incluso de alguna cultura posterior con arraigadas tradiciones cinegéticas). En efecto, cualquiera que sea la clase de microlito (laminar o geométrico), se asocian a arma de caza, ya que son elementos que forman parte de la punta de jabalinas, venablos y, ya en periodos tardíos, de flechas.

Microlitos laminares y no geométricos

Los microlitos laminares surgen poco a poco a lo largo del Paleolítico Superior. Según J. Guichard hay ciertas piezas que indican que la microlitización se inició ya en el Gravetiense (los «buriles de Noailles» y las «Microgravettes» son prueba de ello),[1] el proceso continua, floreciendo notablemente durante el Magdaleniense (persistiendo, después, en numerosas tradiciones epipaleolíticas, sobre todo circunmediterráneas). Estos microlitos, que son ligeramente mayores que los geométricos, se fabrican, a partir de hojitas de sílex obtenidas ad hoc de pequeños núcleos o, bien de núcleos para hojas agotados. La técnica de obtención, puesto que el soporte no es muy grande, puede ser la percusión o la presión indistintamente (aunque la presión siempre es la mejor opción, al ser más complicada no es la más empleada).[2] Hay tres tipos básicos de microlitos laminares:

Este último ejemplo no sólo ha sido seleccionado para enfatizar la amplitud cronológica y cultural de los microlitos laminares; también para señalar sus similitudes morfológicas y diferencias tecnológicas con los microlitos grométricos; ya que éstos no sólo se definen por su forma de trapecios, triángulos o segmentos de círculo,[7] sino que (como veremos inmediatamente) se separan del resto por los gestos llevados a cabo en su elaboración, que pueden polarizarse en torno a la técnica del microburil.

Utilización

Los microlitos laminares son muy frecuentes tan el Paleolítico superior y el Epipaleolítico, tanto que han sido utilizados en numerosos estudios para segregar facies culturales prehistóricas. Pero su función no ha sido aclarada del todo. Ya hemos indicado que se supone que forman parte de la punta de jabalinas o proyectiles ligeros. De todos modos por su tamaño debieron ir fijados de algún modo a un mango, como se ha afirmado en varias ocasiones: «Muchos tienen menos de un centímetro y no han podido ser utilizados sin estar enmangados»:.[8] Lo cierto es que hay un puñado de testimonios que ratifican esta hipótesis:[9]

Ninguno de los testimonios que hemos citado comprende microlitos geométricos, casi todos se refieren a hojitas de borde abatido, puntas y lasquitas vulgares

Microlitos geométricos

Los microlitos geométricos son tipos líticos claramente determinados, al menos en sus formas básicas: el Trapecio, el Triángulo y el Segmento de círculo (a veces llamado «Media Luna»). Aunque, dentro de ellos tienen, también, muchas divisiones. Entre las imágenes incluimos un microburil porque, aunque no es es un microlito geométrico (ni siquiera un utensilio,[11] es el desecho característico que resulta de fabricar este tipo de piezas:

Todos los microlitos geométricos comparten una misma y poderosa esencia, variando sólo su silueta: han sido fabricados a partir de hojas (casi siempre de sílex), o de hojitas, por medio de la técnica del microburil (esto implica que no pueden conservar restos del talón ni del concoide del soporte) y terminados por medio de retoques abruptos en los bordes (generalmente dejando un lateral con el filo natural del soporte), con lo que se les dan su forma poligonal definitiva. Por ejemplo, para hacer un triángulo, se retocan dos truncaduras adyacentes, dejando libre el tercer borde o base (en la terminología de Fortea[3]); sus formas son más o menos alargadas, con bordes rectilíneos, cóncavos y convexos y pueden presentar una gibosidad o denticulación. Los triángulos pueden ser de diversos tipos: isósceles, escalenos y equiláteros. En cambio, en el trapecio, las truncaduras no se tocan, dejando una porción de filo natural entre ellas (base menor, subaparalela a la base mayor) (igualmente distinguimos variedades de trapecios: los simétricos, los asimétricos, los desviados, los de bordes cóncavos, etc.). Los Segmentos de círculo son los que menos opciones dan a la diversidad, separándose como mucho, los semicírculos (más anchos) de los segmentos (más alargados).

Además, los hallazgos arqueológicos y los análisis de las huellas de desgaste (trazalogía) demuestran que eran elementos colocados en la punta de jabalinas, arpones y otro tipo de proyectiles ligeros de diverso tamaño; siendo usados, a partir del Neolítico, también en las flechas, por lo que su declive coincide, precisamente, con la aparición de las puntas de flecha foliáceas (es decir, aunque tenían la misma función, se fabricaban con técnicas muy diferentes) que se generalizan en el Calcolítico.

La hipótesis más aceptada sobre el uso de los microlitos geométricos: por ejemplo, un arpón
Trapecios y flecha con la punta reforzada con otro trapecio procedente de la turbera de Tværmose (Dinamarca)

Utilización

A pesar de la ingente cantidad de microlitos geométricos recogidos por toda la zona occidental, son raros los ejemplos en los que se aprecian evidencias claras sobre su función, y en todos los casos son de época mesolítica o neolítica. A pesar de lo cual, hay unanimidad casi total entre los investigadores, que los interpretan como elementos para reforzar la capacidad de penetación de proyectiles ligeros, como arpones, azagayas, venablos, jabalinas y flechas.

En fin, todas las hipótesis sostienen una idea similar sobre la función, principalmente en la caza o en la pesca, de los microlitos geométricos; por más que, como se ha atestiguado, ocasionalmente pudieron servir de armas.[1] El estudio de los microlitos ingleses y europeos, en general, revela que los proyectiles podían estar hechos con un número muy variable de ellos: en Tværmose sólo era uno, en Loshult eran dos (uno para la punta y otro como aleta),[13] en White Hassocks (West Yorkshire) había más de cuarenta, pero el promedio está entre seis y dieciocho piezas de armadura por cada proyectil.[12]

Colofón

Como hemos visto, los microlitos laminares se dan desde el Gravetiense (si no antes), o sea, casi desde el principio del Paleolítico Superior, y persisten hasta pasado el Neolítico. Por su parte, los microlitos geométricos hacen su acto de aparición en el Magdaleniense,[14] primero los triángulos alargados escalenos y después los trapecios (aunque la técnica del microburil está atestiguada desde el Perigordiense) y tienen su fase de apogeo durante el Epipaleolítico y el Neolítico, aunque siguen existiendo un tiempo después, compitiendo a duras penas con las puntas de flecha foliáceas (primero) y las metálicas (después).

En todo caso, durante el Epipaleolítico y el Mesolítico, los microlitos han servido para segregar diferentes tradiciones culturales, en función del dominio de los microlitos laminares o geométricos. Por ejemplo en el Próximo Oriente, el fin del Paleolítico superior acaba con la tradición microlaminar de la cultura Atltiense y, durante el Paleolítico el Kebariense, de tradición microlaminar es sustituido por el Natufiense, de tradición microgeométrica hace poco más de 11 000 años. Casos como éste los hay por toda la cuenca mediterránea y Europa, en general. Por ejemplo, el profesor Fortea pudo distinguir dos tradiciones en el Epipaleolítico mediterráneo español, la del «Complejo Microlaminar» (con tres facies diferentes, la de Sant Grégori de Falset, la de Les Mallaetes y la Epigravetiense) y la del «Complejo Geométrico» (a su vez, con dos facies, al de Filador y la de Cocina, recibiendo el nombre de cuevas epónimas de las costas levantinas).[3] Lo mismo ocurre en Inglaterra, donde la preponderancia de microlitos alargados en ciertas industrias mesolíticas, frente a otras con abundancia de microlitos geométricos ha permitido separar dos fases del Mesolítico Inglés: el denominado «Earlier Mesolithic» (8 300 a. C.-6 700 a. C.) o Mesolítico antiguo y laminar, y el «Later Mesolithic» (6 700 a. C.-3 400 a. C.) o Mesolítico reciente y geométrico.[15]

Referencias

  1. 1 2 Piel-Desruisseaux, Jean-Luc (1986). Outils préhistoriques. Forme. Fabrication. Utilisation. Masson, Paris. ISBN 2-225-80847-3. (páginas 147-149)
  2. Pelegrin, Jacques (1988). «Débitage expérimental par pression. «Du plus petit au plus grand»». Technologie préhistorique. Journée d'études technologiques en Préhistoire (Notes et monographies techniques, nº 25). ISBN 2-222-04235-6. (páginas 37-53)
  3. 1 2 3 Fortea Pérez, Francisco Javier (1973). Los complejos microlaminares y geométricos del Epipaleolítico mediterráneo español. Universidad de Salamanca. ISBN 84-600-5678-3.
  4. Brézillon, Michel (1971). La dénomination des objets de pierre taillée. París: Editions du CNRS. páginas 263-267.
  5. Brézillon, Michel (1971). La dénomination des objets de pierre taillée. París: Editions du CNRS. páginas 292-340.
  6. González Echegaray, J. (1964). Excavaciones en la terraza de El Khiam (Jordania). Bibliotheca Praehistorica Hispana.
  7. Las formas geométricas, como se ha visto, también están presentes en muchos microlitos laminares: por ejemplo, la hojita Dufour es un segmento de círculo alargado, la punta de El-Emireh es un triángulo y la punta de Adelaida un trapecio, la punta de El-Wad es fusiforme; y así, podrían ponerse otros muchos ejemplos
  8. Laming-Emperaire, Annette (1980). «Los cazadores depredadores del posglacial y del Mesolítico». La Prehistoria. Editorial Labor, Barcelona. ISBN 84-335-9309-9. (página 68)
  9. Piel-Desruisseaux, Jean-Luc (1986). Outils préhistoriques. Forme. Fabrication. Utilisation. Masson, Paris. ISBN 2-225-80847-3. (páginas 123-127)
  10. Barton, R. N. E. y Bergman, C. A. (1982). «Hunters at Hetgistbury: some evidence from experimental archaeology». World Archaeology. Volume 14 (Number 2). ISSN 0043-8243. (páginas 238-242)
  11. Algunos investigadores, sobre todo los que estudiaron las primeras piezas descubiertas, cuando apenas se hacían experiencias de talla, sí creían que los microburiles fueran útiles funcionales, entre ellos destacamos Octobon (Octobon, E. (1920). «La question tardenoisienne. Montbani». Revue Anthropologique. página 107.), Peyrony y Noone (Peyrony, D. y Noone H. V. V. (1938). «Usage possible des microburins». Bulletin de la Société Préhistorique Française. Volume 2 (numéro 3).). Actualmente se ha demostrado que no, al menos intencionalmente, lo que no descarta que fuesen reaprovechados en algún momento
  12. 1 2 Myers, Andrew (1989). «Reliable and mantainable techological strategies in the Mesolithic of mainland Britain». Time, energy and stone tools: New directions in Archaeology (edited by Robin Torrence). Cambridge University Press, Cambridge. ISBN 0-521-25350-0. (Páginas 78-91)
  13. Petersson, M. (1951). «Microlithen als Pfeilspitzen. Ein Fund aus dem Lilla-Loshult Moor: Ksp. Loshult, Skane.». Meddelanden fram Lunds Universitets (Historika Museum). (Páginas 123-137).
  14. Bordes, F. y Fitte, P. (1964). «Microlithes du Magdalénien supérieur de la Gare de Gouze (Dordogne)». Miscelánea en homenaje al Abate Henri Breuil. Vol. I. Barcelona. página 264.
  15. Myers, Andrew (1989), op. cit. página 78. El mismo autor plantea la hipótesis de que los microlitos geométricos sustituyen a los arpones de hueso, tan comunes en el Paleolítico Superior final (Magdaleniense Superior), con una o dos hileras de dientes (página 84)
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